Sea, Sociedad de Escritores y Escritoras de la Argentina

La SEA, Sociedad de escritores y escritoras de la Argentina

AUTORES

ENRIQUE WALKER

ENRIQUE WALKER desaparecido en la dictadura militar argentina

El operativo montado para el secuestro de Enrique “Jarito” Walker es un ejemplo claro de la impunidad con que se manejaban las bandas del terrorismo de Estado: los hombres de la noche interrumpieron una función cinematográfica en una sala de barrio y a la vista de todo el público se llevaron a Walker.

Enrique fue secretario de redacción de Gente en la década del 60, función que le permitió viajar como enviado especial a numerosos lugares. Así se producen notas desde, entre otros países, Costa Rica y Vietnam, donde cubrió la guerra de Estados Unidos contra ese país asiático. Trabajó también en Editorial Abril y en programas de televisión y radio, desempeñando una brillante carrera profesional. En los años 70 editó la revista Nuevo Hombre y colaboró asiduamente en El Descamisado, medios de los que desaparecieron numerosos compañeros del gremio de periodistas.

Cobertura periodística:
Selva de Costa Rica, en la búsqueda del TC-48 de la Fuerza Aérea

Viernes 2 de septiembre: Nos levantamos muy temprano. Teníamos el equipo preparado desde la noche anterior. Bravino ya había salido hacia territorio indio en busca de información. Buscaría cualquier cosa: un reloj, papeles, alguna camisa, lo que fuera. Algo concreto para poder decir: “Esto pertenece al avión nuestro”. Me encontré con Tomilchenco en el Hotel Elegante, donde él vive. Parecíamos guerrilleros. Estábamos armados hasta los tobillos con machetes, cuchillos, revólveres... A las nueve ya estábamos viajando en tren camino a La Loba, desde donde iniciaríamos la marcha. Hacía calor. Cuando llegamos a La Loba nos abrazamos antes de bajar como si fuéramos a separarnos. Parecía una cábala de un mutuo deseo de suerte o una demostración de que de allí en más debíamos ser mucho más amigos, si es que cabe.


En el mismo tren viajaba Jiménez con los miembros de la expedición. Ellos tomarían la selva por otro camino diferente del nuestro. Milagrosamente conseguimos que un camión nos llevara hasta la mitad del camino. El resto –unas cuatro horas de marcha– lo hicimos a pie y llevando entre cinco los siete bultos de 45 kilos cada uno. No fue nada agradable, realmente. Debimos cruzar el río al menos cinco veces (siempre era el mismo endemoniado río: el Banano) y caminar saltando entre piedras multiformes sobre lo que llamaban pomposamente “el camino”. Llegamos a un lugar donde había un ranchito y Rafael (guía, secretario y mano derecha de Tomilchenco) fue a averiguar si había alguien. Volvió con un señor de nombre Talavera que nos hizo entrar al ranchito y nos convidó con bananas y agua. Aún quedaban dos horas hasta Asunción. Antes de salir la radio portátil anunció que se había encontrado un avión en otro punto de la selva. Tomilchenco y yo nos miramos sin decir una palabra. Me sentí furioso y ya estaba pensando en la forma más rápida de llegar al lugar anunciado, cuando el locutor, mentiroso, desmentía la noticia.


Eran las tres de la tarde y llegamos a Asunción, mojados hasta el cuello, hambrientos y muertos de cansancio. Asunción parece una población suiza, con casitas dispersas por las colinas que las rodean. En la más alta de las casitas vivía Harold Lowe, un negro muy amable que trabaja de administrador de la planta eléctrica y que es uno de los que vio sobrevolar al TC-48 por esas colinas rumbo al cerro Matama.


–“Yo se lo dije a unos americanos hace un tiempo, pero parece que no me hicieron mucho caso...“, nos dijo. Fuimos a comer. Por cinco colones comimos arroz, frijoles, plátanos fritos, atún, patatas fritas y pan de maíz... Eran ya las cinco de la tarde y estaba oscureciendo, íbamos ya por la enésima taza de café negro. Harold nos acomodó en una pieza detrás del almacén de ramos generales. Por un momento pensé que las pulgas tapaban los viejos colchones de color indescifrable. Pero no era hora de exquisiteces. Me zambullí en algo que alguna vez fue cama y el mundo dejó de existir para mí.


La selva, sus peligros desconocidos, sus amenazas. Existe un clima muy tenso y molesto. A veces pienso que hay algo así como una “comandita” de guías indios empeñados en entorpecer a toda costa la acción tendiente a encontrar el tan buscado TC-48. Estoy algo cansado. León me preguntaba ayer en voz baja si realmente tenía esperanza de que halláramos algo. Me hubiera gustado decirle que no y olvidarme de todo, pero no pude. Aún tengo muchas esperanzas... Acabamos de dejar atrás lo que parecía ser la sombra de la vida, esa selva cerrada y cruel que se asemeja mucho a una pesadilla. Pero hay que volver, hay que volver de cualquier manera. El helicóptero se transformó ya en una verdadera necesidad...


Gente, N° 60, septiembre de 1966