Sea, Sociedad de Escritores y Escritoras de la Argentina

La SEA, Sociedad de escritores y escritoras de la Argentina

AUTORES

HÉCTOR GERMÁN OESTERHELD

HÉCTOR GERMÁN OESTERHELD desaparecido en la dictadura militar argentina

Héctor Germán Oesterheld nació en 1919 y fue desaparecido en La Plata por un comando militar en abril de 1977, cuando tenía 58 años. En 1977 también desaparecieron sus cuatro hijas: Estela (25 años), Diana (21), Beatriz (19) y Marina (18).

Oesterheld fue novelista, cuentista, editor y uno de los más grandes guionistas contemporáneos, reconocido internacionalmente. Entre sus creaciones más sobresalientes figuran Sargento Kirk, Bull Rockett, El eternauta y La guerra de los Antartes. Se licenció en Ciencias Naturales y se especializó en Geología.

“En 1974 ya es un cuadro de la organización Montoneros”, escribe José Pablo Feinmann, pero agrega: “Oesterheld ha sido mayoritariamente interpretado como un gran historietista de los años 50 y 60, no como un militante revolucionario”. Desde el 24 de septiembre hasta el 13 de octubre de 2002, se desarrolló la muestra Héroes Colectivos en el Palais de Glace, que rindió tributo a la vida, la obra y ética del artista.



Truila y Miltar

Esta es la historia de Truila y Miltar, tal como me la contó Karyl, el más viejo entre los gnomos, en un atardecer de verano, mientras los árboles estaban serenos y apacibles, como si pensaran en recuerdos lejanos. Un atardecer de verano en que la luz y la sombra parecían confundirse.



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Truila, el gnomo que se quedó niño, y por eso no lleva barba y por eso sus ojos están llenos de simpleza y de luz; Truila, el gnomo niño, tenía allá entre las retorcidas raíces de la encina una maravillosa colección de reflejos. Así como hay gnomos que cuidan el sueño invernal de los árboles, para que no despierten antes de tiempo, y gnomos que enseñan a las luciérnagas recién nacidas a encender y a apagar sus lámparas, y gnomos que guían a sus hormigueros a las hormigas extraviadas, y gnomos que tejen a la luz de la luna los sueños de los niños, Truila, el gnomo niño, reunía en su casita todos los reflejos que encontraba, para que los demás gnomos se recreasen mirándolos.


En su resplandeciente museo, al lado de la luna mirándose en una charca, estaba el blanco destello de los colmillos del gato montés; y junto a un rayo de sol que resbalaba sobre una hoja brillaba el mirar dulce y profundo de las gacelas. Y también las estrellas, recogidas todas en una gota de rocío, y el arco iris producido por el sol al herir una aguja de hielo, y también... Muchas veces el pájaro de la aurora alzaría su vuelo, si nos pusiéramos a detallar todo lo que había en aquel museo.


Por ese su tesoro, Truila, el gnomo que se quedó niño, era considerado uno de los gnomos más ricos en el país de los gnomos. Pero no faltaban los envidiosos, que le decían que su colección nada valía al lado de la de Miltar, el gnomo triste, el de los ojos siempre en sombra, el gnomo que reunía penumbras allá en su casita oculta en lo hondo del barranco.


Sería tan difícil enumerar todo lo que había en el tesoro de Miltar, el gnomo triste... Sería tan difícil como pretender nombrar una por una todas las piedrecitas de color que día a día va lavando el arroyuelo de la montaña. Dicen los que aún recuerdan que allí estaba la paz oscura del nido del hornero, la sombra melancólica de un sauce sobre el río, la penumbra llena de lejanos rumores de un caracol vacío. Y el pasado misterio de una noche sin luna ni estrellas, y la tiniebla circular que parecen abrigar los pies de los hongos sombrerudos... Sería tan difícil enumerar todo el tesoro de Miltar, el gnomo triste...


Sí. No quedaban dudas de que Miltar era uno de los gnomos más afortunados. Pero los envidiosos ponderaban ante él el tesoro de Truila, el gnomo niño, y hasta agregaban que este se burlaba de la colección de penumbras.


Y tanto hicieron los envidiosos, que Miltar consideró insuficiente su riqueza de sombras, y se dedicó con afán a conseguir alguna nueva penumbra, algo que hiciese exclamar a todos: “Cosa que iguale en valor a esta no hay en el tesoro de Truila”.


Y Truila a su vez quiso humillar para siempre a Miltar encontrando algún resplandor nuevo, tan extraordinario que de él todos dijesen: “¿De qué vale todo el tesoro de Miltar ante semejante hallazgo?”.



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